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Esto no es una despedida


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Debajo del árbol

jueves, 2 de mayo de 2013@11:58
1 Comentarios


4:45pm. Sabía que no ibas a aparecer, llevabas cuarenta y cinco eternos minutos de retraso. Aún estaba buscando las mejores palabras para decirte que no quería estar más junto a ti. “Cinco minutos más y me voy”  sentencié mentalmente.

Sentada debajo del mismo árbol, miraba a la misma gente conversando, los mismos ancianos jugando a las cartas y al dominó, los mismos niños pateando la misma sucia pelota. Pero… había algo extraño que rompía la monotonía a la cual estaba perfectamente acostumbrada.

-          ¿A quién esperas María? – se acercó el viejito de los helados
-          A la muerte, ¿No se nota Don Gustavo?
-          Toma, de mandarina, como a ti siempre te gusta, para que no la esperes sin nada en la barriga. La casa invita.

Después del helado si me voy, no lo espero más.

-       –    ¿Hay algo en este miserable pueblo que no sea siempre lo mismo? – le pregunté a la mujer que vende los minutos que estaba sentada a mi lado.
-          – ¿También se quiere ir? – soltó una carcajada– Ellas piensan lo contrario.

La mujer señaló un grupo de chicas como de mi edad que rodeaban a un muchacho de fuertes ojos grises. Se escuchaban sus risitas tontas al escuchar un “No, gracias”  como respuesta a una invitación que ellas le hacían. “A lo mejor no entiende”  le decía la más pequeña de ellas al resto.
Pobre muchacho, tenía un acento francés o alemán, qué se yo. Se veía desesperado, no sabía cómo quitárselas de encima. Interrumpiendo la conversación me acerqué y fingí conocerlo de mucho antes  al saludarlo con efusividad “Charles, cariño, pensé que te habías perdido, vamos mi familia te está esperando”, le tomé de la mano, el muchacho me siguió la corriente.
-          – Gracias – respondió cuando las habíamos perdido de vista – la verdad es que desde que llegué al pueblo no he podido quitármelas de encima, viven al lado del hostal. Son fastidiosas.
-        –   ¿Hace mucho? No le había visto antes por aquí – le pregunté.
-          – Llegué anoche.
Me preguntó mi nombre.
-          – María de los Ángeles – le respondí.
-         – Por eso sentí que caíste del cielo a salvarme– sonrió y qué linda sonrisa tenía- ¿A dónde va María de los Ángeles así de bonita?
-          – A esperar mi muerte, pero no ha llegado – sonreí.
-          – ¿Me aceptaría algo de tomar mientras la espera?
-          – Se supone que no debería recibirle nada a desconocidos…
-        –   Mi nombre es Ben, un placer.

En ese momento sonó el celular, eras tú:
-          – ¿Y tú dónde carajos has estado? – preguntaste.
-       –  Estaba en la plaza – te contesté – esperando la  muerte, me di cuenta que no debía esperar sino actuar y a ti ya te maté.
-          – No te entiendo María, deja para otro día tus estúpidas metáforas.
-          – ¿Sabes qué? Vete a la mierda- colgué.

Parte 2 Liz

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Sobre mi
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