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Esto no es una despedida


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Anestesia

viernes, 19 de abril de 2013@18:14
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Esa noche decidí acabar con mi vida, ya nada tenía sentido, no había nada más porque luchar. Había fingido estar bien las últimas semanas, es muy fácil engañar a las personas con una sonrisa, cubrir tu tristeza con maquillaje, un buen atuendo, peinado y con un muy bien efusivo al responder que cómo estaba, de algo sirvieron las clases de teatro que tomé en la escuela. Mi vida se había vuelto una constante representación de alguien que no era. La mirada me delataba, en lo profundo de ella la gente podía ver la ausencia de mi alma, lo mio no es mentir mirando a los ojos. No mirar a nadie fijamente no era más una opción.

No le dije a nadie, no dejé ningún mensaje, de todas formas ninguna persona notaría mi ausencia en los tres días que tenía de permiso en el trabajo. Analicé la idea de tirarme de un puente. No, la gente lo notaría. Darme un tiro en la cabeza. No, podría no ser capaz. Eran casi las dos de la mañana, ya había iniciado con algunos cortes en mis brazos pero no podía resistir el dolor, había mucha sangre y no la soporto. Quería algo que me anestesiara definitivamente,  tomé tantas pastillas de calmantes como fui encontrando en mi mesa de noche.  Creía que al fin tanto dolor había cesado cuando desperté. Estaba sumamente desconcertada, revisé mis brazos y no encontré las heridas. “Ya me morí”- pensé.

Estaba en un gran pasadizo, como un largo pasillo que en su final brillaba una tenue luz, habían muchas puertas a los lados, cada una iluminada por una pequeña antorcha. Me llamó la atención el fuego de mi derecha, era el más azul y brillante de todos, lo toqué, vi como la palma de mi mano se quemaba y no dolió en absoluto. “Estas muerta, no seas tonta”- pensé de nuevo.

A pesar de ser tan estrecho el pasadizo, el frío aumentaba conforme avanzaba al final. A mi final. Llegué a una gran cámara de dónde provenía la luz. “¿Y ahora qué se supone que haré?” Me llené de mil preguntas. La gran cámara parecía una capilla, pero no tenía ni ventanas, ni puertas, ni vitrales. Por el contrario, había muchas bancas vacías y un inmenso altar adornado de flores de todas las tonalidades. Parecía un funeral. Mi funeral. Solo que no había nadie que llorara por mí.

Allí en lo más alto había un féretro transparente, subí las gradas para apreciar más de cerca lo que este contenía pues las flores de su alrededor no me dejaban ver. Yacía el ser más hermoso que había visto, un hombre con rasgos tan malévolos y tan angelicales a la vez. No sé cómo describirlo. ¿Perfecto? ¿Único? Un poco de ambas. Su largo cabello negro hacía que resaltara su piel de porcelana, podía quedarme allí admirándolo por siempre. Parecía sumido en un largo sueño, como si llevara cientos de años así.  Tuve miedo de tocarlo, pensé que podía romperse en pedazos, se veía tan frágil. Me acerqué lentamente hacia él, abrí el féretro cuidadosamente, coloqué mi cabeza en su pecho y no sentí sus latidos. ¿Estaría muerto? No, todavía respiraba pausadamente. Abrió sus ojos cuando toqué su mano, un escalofrió corrió a través de mi cuerpo, él estaba helado, parecía un muñeco de cera que recobraba la vida cuando tomó aire profundamente.  

Me di cuenta muy tarde que unas lágrimas caían de sus ojos. Nunca vi unas lágrimas tan extrañas, parecían unas pequeñas piedrecillas de cristal que resbalaban por sus mejillas. Intenté moverlo, sacudirlo y hasta le halé el pelo, pero seguía igual. Él no podía sentir, pero si no sentía, ¿Cómo podía llorar? Me estaba desesperando,  no sabía qué hacer, habían pasado mucho tiempo  y él  seguía así, habían muchas piedrecitas en el suelo, algunas ya rotas por el choque al caer. Las recogí una por una  y las guardé en mis bolsillos.

De repente se levanta, deja de llorar y me da un abrazo. Sentí como el frío desaparecía de su cuerpo y mi calor lo cubría lentamente. “Tú vienes conmigo” me dijo al oído. 

-¿Eso es todo?
- No recuerdo más nada. 
      -  Entonces dígame, ¿Cómo se llamaban las pastillas que ingirió?
      - ¡¿No me cree?! Le estoy diciendo que fui a ese lugar y el me abrazó.
- No le estoy diciendo que no le crea señorita, es mi deber preguntarle por las pastillas, podrían ser efecto secundario o simple alucinación.
      - ¿Y ahora cree que estoy loca?
      - No le estoy llamando de loca. La policía la trajo al hospital hace dos días cuando recibió una llamada de una vecina que escuchó gritos provenientes de su apartamento. Agradezca que fue a tiempo. Venga, déjeme inyectarle un calmante.
      - Espere… ¿Dónde está mi ropa?
      - Si se refiere a su pijama, está aquí junto a su cama. Su familia no tarda en regresar.

El doctor de turno sale de la habitación, ella corre la cortina y ve en la cama contigua al mismo hombre del féretro transparente que ahora estaba  dormido. Observa la palma de su mano derecha, estaba quemada. Sintiendo los efectos del calmante intravenoso llama al doctor y le dice sonriendo: “Si no me cree, revise los bolsillos de la pijama que traía puesta” mientras ella sume en un profundo sueño.


Liz


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